La contradicción es equina





   Los vicios nos hacen humanos, dice mi padre el sábado 17 de mayo de 2014, anoto en mi libreta. Asiento y hago silencio para que siga, pero hasta ahí llega lo que parecía ser un discurso prometedor. ADN llanero = pocas palabras. No recuerdo cómo terminamos hablando de lo que estábamos hablando, pero básicamente lo que quería saber era su opinión acerca de los vicios, ya que ha conocido o, mejor dicho, conoce muy bien varios. Lo tuyo es la bebida, comenta señalándome con los labios. Me doy cuenta de dos cosas: 1. Mi padre no quiere hablar de su pasado y me acusa para desviar la atención. 2. El viejo tiene una imagen más o menos desacertada de mí. Somos miles ante los ojos de miles, quiero responderle, pero prefiero callar para que continúe hablando. Él voltea y posa su vista en una de las pantallas. Estamos en La Mística, un bar de apuestas en Las Mercedes donde transcurre la mayor parte de sus días. En una hilera de monitores pasan juegos de fútbol americano, básquet universitario gringo, una promoción de un servicio de análisis de datos y probabilidades para ganar en lo que sea, en otra se repite una tabla con estadísticas y anuncios del Hollywod Park de Los Ángeles. Ahí solía ir a jugar Bukowski, le digo a mi padre, quien amaga un gesto sin quitar la vista de la pantalla. A mí me dijeron que cuando bebías también fumabas, lo provoco. ¿Y a ti quién te dijo eso? 
    La senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio es ancho y espacioso. Eso es de Cervantes, no de mi padre, pero no puedo evitar hacer una conexión entre ambos. A fin de cuentas él es Hidalgo y también ingenioso. Imagino un camino largo y extenso como una página en blanco, un camino que conduce hacia un gran desierto de la imaginación y pienso que eso es un poco como hablar con él. 
    Nos acompaña un amigo suyo al que le dicen El Lituano. Basta con que diga dos frases para saber que es oriental. Bebe una Pepsi con hielo mientras lee una guía de carreras de galgos. El hijo mío sabe inglés y entiende todo lo que dice ahí, le comenta mi padre. Comienzo a sospechar que le incomoda que “invada su espacio” y que le haga tantas preguntas. Quiere cambiar el tema y que nos ocupemos de a lo que vinimos. Yo traigo a mi amigo Jean-Pierre.
    Piénsalo, ¿qué son los vicios?, dice Jean-Pierre. Yo fumo y bebo, pero también veo muchas películas y leo cómics. Tú lees y escribes, Miguel. Y escuchas burda de música. Ese tipo de cosas también tienen que estar en la lista, ¿no? Quizás esos son vicios que conviven con otros y esa combinación es lo que nos equilibra y nos da cierta paz. Si nos ponemos a pensar, la palabra vicio tiene como dos matices: uno bueno y uno malo, concluye mi amigo. Una mujer puede ser un vicio, añade El Lituano sin quitar la vista de la guía. Callamos y otorgamos.
    Debía aclarar desde un principio que nada sale como lo planeamos. Esto no es periodismo gonzo. Llegamos tarde y lo único que podemos ver es una repetición de la carrera en una de las pantallas. De hecho ya alguien cambió el canal y mi padre tiene que hablar con el dueño del lugar para que nos preste el control remoto. Ya sabemos el resultado y mi padre dice que a estas alturas no tiene punto verla. Yo insisto y él me complace, pero sé que para él no tiene sentido presenciar algo que ya pasó, plenamente consciente de que en la vida no hay repeticiones.
    Manny Azpúrua tiene 85 años y el sábado 17 de mayo podría convertirse en el entrenador con más edad que ensilla a un ganador del Preakness Stake, la segunda parada de la Triple Corona de la hípica de EE. UU. El recorrido es de 1.900 metros y se realiza en la pista de Pimlico, en Baltimore, estado de Maryland, después del Derby de Kentucky y antes del Belmont Stakes en Nueva York. 
    Azpúrua es entrenador de Social Inclusion, un purasangre de tres años que apenas ha corrido en tres ocasiones y ya figura como uno de los posibles ganadores en Baltimore. De las tres carreras en las que ha participado, ha cruzado la meta de primero en dos y con amplia ventaja. En el Florida’s Gulfstream Park sacó distancia de diez cuerpos. En su última competencia, en Wood Memorial, quedó de tercero por apenas una nariz. Esto le restó puntos y por eso no pudo estar en Kentucky. Su principal rival en el Preakness es el número 3, un corcel marrón castaño llamado California Chrome, ganador de la más reciente edición del Derby y primer favorito en las apuestas.
    Los caballos son para los reyes, me dice mi padre. Creo entender su racionamiento y pienso en historias de caballeros, castillos y princesas. Demasiada plata, simplifica él. Sé que tiene amigos propietarios y quiero que me hable acerca de ellos. Los caballos arruinan a todo el mundo. Necesitan mucho cuidado. Comida, veterinario, sácalo por ahí. El que tiene caballos está chiflado. Y el que los juega también, añade y se ríe de su ocurrencia. Hago un comentario acerca de la simbología del caballo como imagen de una naturaleza temperamental y salvaje, una fuerza irracional e instintiva. Luego menciono a Rocinante y a Incitatus, el caballo de Calígula que fue proclamado Cónsul de Bitinia. Mi padre no repara en lo que digo e impone una pausa con su silencio. Entonces dice que quienes tienen más caballos son los jeques árabes porque están forrados en billete. Y ya que estamos hablando de billete, el gran chisme a voces es que los dueños de Social Inclusion están estrechamente vinculados con los nuevos ricos del chavismo. Aunque el nombre del prospecto parece confirmarlo, no entiendo por qué un caballo que representa al supuesto ideal socialista venezolano ni siquiera fue bautizado con semejante nombre pero en español. ¿Por qué no le pusieron nombre de cacique caribe?, cuestiona retóricamente El Lituano. Podría tratarse de una verdadera convicción social o de una especie de ironía, pero lo cierto es que este caballito galopa por el imaginario sociopolítico actual como ejemplo de la falsa moral de la revolución bolivariana. La contradicción es equina. ¿De qué inclusión social están hablando los dueños de un caballo cuyo valor se estimó en más de ocho millones de dólares en un mercado que se sustenta en apuestas y negocios multimillionarios, sin hablar de las pornográficas corruptelas y mafias a costa del erario público? 
    De acuerdo con lo descrito por Casto Ocando en su libro Chavistas en el imperio, uno de los propietarios de Rontos Racing Stable Corp, hara a la que pertenece Social Inclusion, es Arné Chacón, hermano del actual ministro del Poder Popular para la Energía Eléctrica, Jesse Chacón. Se sabe que Arné, quien participó junto a Hugo Chávez y su hermano en la rebelión de 1992 contra Carlos Andrés Pérez, comenzó a comprar purasangres en 2005, tras haber sido, entre otras cosas, directivo de Baninvest y gerente de Hacienda en el Seniat; además de haber estado involucrado en las concesiones del Kino Táchira. En el "Aló, Presidente" número 345, transmitido desde Maracay el 6 de diciembre de 2009, el propio Chávez expresó sus sospechas contra el banquero. “Si algo está fallando entre nosotros son los radares”, dijo entonces el "galáctico". Antes de Rontos, Arné fue dueño y señor de Gadu Acosta Racing Stable Corp, que tuvo que cancelar sus operaciones el 24 de septiembre de 2010, un año después de que el excompañero de lucha del Presidente fuese apresado por la policía política de Caracas bajo los cargos de apropiación de fondos y agavillamiento. Supuestamente, Gadu es el prepotente acrónimo de Grandes Arquitectos del Universo. Y ciertamente, el universo es curioso: dos meses después se fundó Rontos en el mismo sector residencial de Pembroke Pines donde estaba el establo de Chacón. Para su registro en el Departamento de Corporaciones de Tallahasse, Florida, se utilizó como agente la misma firma que se usó para Gadu. Al frente de Rontos está Ronald Sánchez, hermano de Tomás Sánchez, quien se desempeñó como superintendente nacional de Valores durante el mandato de Chávez, y que quizás sea más recordado por encabezar en 2010 la intervención de 36 casas de bolsa que presuntamente habían especulado con operaciones permuta para impulsar tasas de canje en el mercado paralelo de divisas. Entre estas firmas estaba Econoinvest, una de las patrocinadoras de la Fundación para la Cultura Urbana. 
    Ministros, superintendentes, boliburgueses, jeques y reyes, anoto en mi libreta. Luego le pido a mi padre que me explique cómo se gana en las apuestas y cómo se calculan los dividendos. No logro comprender y comienza a desesperarse. No sé por qué no entiendes, dice con algo de falsa decepción. Antes te gustaban los números y las matemáticas. Yo creía que ibas a ser ingeniero. Todo fue culpa de la escritura, culmina. El camino ancho y espacioso de la escritura, le contesto en un diálogo que sólo ocurre en mi mente.
    Ahora ha llegado el momento de arruinar la sorpresa detrás de esta historia: Manny Azpúrua no es el entrenador más longevo en llevar a un ganador al Preakness. A sus 77 años, Art Sherman, preparador de California Chrome, ostenta dicho título. El número 3 ganó sobrado. Dominó de tramo a tramo el circuito de Pimlico. Ride on Curlin quedó de segundo y Social Inclusion de tercero, pariendo contra General a Rod, que obtuvo el cuarto peldaño, según se vio en la telefoto del final. Jean-Pierre comenta que la imagen parece un diseño de vectores. Vemos en silencio a Social Inclusion como si fuera una cosa distinta a un caballo. Es de color chocolate y tiene una raya en la cabeza que parece un brochazo de ceniza. Su crin es una cresta negra medio punk. Su hocico cruza la línea primero por apenas segundos. O por centímetros, no sé cómo decirlo. Mi padre debe haber visto este tipo de fotos muchísimas veces, pero a mí me da la impresión de que esta vez es distinto. Viejo, pregunto yo, ¿cuánta plata hubieran ganado Sánchez y Chacón si Social Inclusion hubiera ganado? Mi padre hace un sonido que se me parece a un cohete que despega.
    Después de la repetición de la carrera y la entrega de reconocimientos para Sherman, el jockey y los dueños de California Chrome, pedimos más cervezas y vemos que un tipo pinta un retrato del caballo ganador en una pared del hipódromo. Miramos esto en silencio y pienso que por un instante todos estamos pensando lo mismo. Mi padre dice que así es el mundo del hipismo. Bueno, en Estados Unidos. Aquí las cosas son distintas, corrige. Me doy por entendido y me conformo con que habla simplemente de eso. Las cosas son distintas. Punto.
Es entonces cuando comienzo a preguntarle su opinión sobre los vicios. 
Cuando yo era niño, a veces me llevaba a La Rinconada. Me la pasaba de lujo corriendo por los amplios pasillos. Saltaba de dos en dos los asientos de las gradas y juntaba recibos de apuestas desechadas por la suerte y los lanzaba al aire como papelillo. Me acercaba lo más que podía a la pista para ver de cerca a los caballos e inventaba nombres que a veces les gritaba. Rayo de Fuego, Mil Cuchillos, GI Joe, Sargento García, Comepanquecas, cosas así. Traigo a cuento estos recuerdos y mi padre estira la vista como buscando algo en los archivos de su memoria. Luego dice que tengo buena memoria.
    Le pregunto, por enésima vez, por qué nunca quiso enseñarme a apostar. Mejor no te metas en esto, dice. No sé qué clase de abismo habrá visto, pero le creo.
    El Lituano se levanta, enrolla la guía de galgos como un diploma, se la mete en el bolsillo trasero del pantalón y hace un breve análisis sobre el poco chance que tenía Social Inclusion en la carrera. Desde cualquier punto de vista, admite, era una mula. Supongo que cree que quiero reseñar la carrera desde el punto de vista hípico y se extiende en comparaciones con otros caballos, las predicciones de un locutor especializado en el tema, rumores, datos y estadísticas. Inconscientemente traduzco al español el nombre del caballo cada vez que lo menciona y todo me suena a sarcasmo o a mal chiste. El Lituano culmina y le dice "Hidalgo" a mi papá y nos dice "jóvenes" a Jean-Pierre y a mí y va a sentarse en una de las mesas del fondo con otros ludópatas. Mi papá voltea a verlo y luego hace un gesto despectivo. Pura paja, dice.
    Pedimos dos o tres rondas de cerveza más y observamos cómo mi padre estudia la gaceta, hace y recibe llamadas, anota números y nombres, va y viene con recibos que le dan en una de las taquillas. Jean-Pierre y yo hablamos sin mirarnos las caras. Las pantallas nos tienen hipnotizados. No pasan nada particularmente interesante, pero es como si la fuerza de la costumbre nos hiciera ver algo por ver algo. La verdad nos da un poco igual todo. Nunca comprenderé este vicio, confieso pensando en voz alta. Mi amigo responde que deberíamos hacer una fiesta y proyectar visuales con esas imágenes intervenidas. Yo le propongo hacer unas tarjetas de invitación que simulen los cuadros de cinco y seis y luego me pregunto quién diagramará la gaceta y dónde la imprimirán. 
    Más cervezas. Las que nos atienden nos dicen "rey, papi, bello, lindo". No caigan en su juego. Lo que quieren es plata, explica mi padre. A nuestra manera la pasamos bien. Siempre hay que hacer algo distinto, digo yo. Es mi forma de disculparme con mi amigo por haberlo traído a este lugar tan ajeno a lo que normalmente hacemos. A partir de ahí comenzamos a criticar cualquier cosa. Las modas, el cine nacional, el precio de las cervezas, el costo de los taxis, la inseguridad, una banda que vimos en El Puto Bar hace dos semanas. Él tiene una opinión sobre el Gobierno distinta a la mía, pero nos quejamos de las mismas cosas. Mi padre nos escucha sin intervenir y al rato me pregunta por qué quiero saber lo que quiero saber. ¿Vas a escribir algo? Su pregunta es la respuesta a su pregunta y lo sabe. Ese caballo, dice, a nadie le importa. Aquí nos vas a ver siempre, apostando. No sé si se refiere al mundo del hipismo o al país y este inexplicable limbo en el que ahora vivimos. Se me ocurre responderle que yo apuesto por otras cosas, pero me contengo porque la verdad no sé qué es lo que quiero decir. En cualquier caso, nunca pasa nada, dice mi padre. Siempre pasa algo, me digo yo, pero al mismo tiempo siento que es necedad mía y estoy buscando historias donde no las hay. Tal vez estoy buscando en el sitio equivocado. Tal vez estás buscando la historia de siempre, dice mi padre como si escuchara mis pensamientos. Los vicios del pasado se replican como un código genético, digo yo. Mi viejo se sumerge en su gaceta. Los vicios de la humanidad, aclaro. Serán los vicios de la Quinta, dice él sin levantar la vista. Los vicios malos, dice Jean-Pierre.


Caracas, 2014


Esta crónica, o lo que sea que sea, la escribí en 2014 por un impulso de plasmar algo curioso. La ofrecí a algunos amigos que estaban en medios, pero afortunadamente nunca convenció a nadie. Le tengo cariño, aunque la había olvidado

Comentarios

Entradas populares de este blog